(Columna de Ernesto Tenembaun en Infobae)
Según el relato oficialista, los malos datos económicos se explican por la percepción equivocada de los mercados de que el kirchnerismo podría volver al poder. Pero el verdadero problema es que Milei no está dispuesto a cambiar su programa de ajuste
“You don’t have to underestimate Argentine people. We have been in hell. And we don’t want to go back to hell”. La frase fue pronunciada por el ministro de Economía argentino, Luis Caputo, el jueves, en la radiante mañana parisina. Caputo habló extrañamente en inglés, ante un público conformado mayoritariamente por empresarios argentinos, que hablan castellano, y franceses, que hablan lógicamente francés. Pero todos entendieron. “No deben subestimar al pueblo argentino. Estuvimos en el infierno. Y nadie quiere volver al infierno”. Unos días antes, en la Argentina, ante un grupo de ejecutivos de finanzas, Caputo volvió a referirse a sus fantasmas, o a los de su auditorio, pero les colocó nombre y apellido. “El kirchnerismo es el infierno, Kicillof es el anticristo”.
Así terminaron dos semanas febriles de un agotador raid internacional: Manhattan, Buenos Aires y París. Todo el recorrido estuvo marcado por insistentes intentos del presidente Javier Milei y su ministro por convencer al mundo financiero de que el país atraviesa una era de bonanza, solo ensombrecida por las complicaciones que derivan de la existencia de un kirchnerismo, que sin embargo no tiene chance alguna de volver al poder.
En medio del recorrido, el Presidente explicó que los problemas económicos, si los hubiera, que no los hay, se explican básicamente porque el año pasado hubo siete intentos de golpes de Estado, y porque entre 2025 y 2026 intentaron entrar 30 mil “terroristas” para “dinamitar” a su gobierno. Luego, el vocero presidencial aclaró que, en realidad, se trataba de “posibles terroristas”. Milei protagonizó además algunas más de sus furiosas peleas contra periodistas muy prestigiosas y se conmovió en público al confesar lo que sufren sus seres queridos por su decisión de “cambiar la historia argentina”.
A cada paso de su recorrido, Milei y Caputo se esforzaron en explicar una y otra vez que sus recurrentes problemas se deben al miedo a un fantasma: la percepción errónea de que el kirchnerismo podría volver. Si el mundo económico entendiera que la reelección de Milei es un hecho consumado, la economía mejoraría inmediatamente, la inversión se multiplicaría, despegaría la actividad y todo sería, como dijo alguna vez Caputo, “un paseo por el parque”. Es, entonces, solo cuestión de convencerlos -en Manhattan, en París, en Buenos Aires- de que no van a volver, de que no tienen chances.
La estrategia -hasta ahora- no ha dado resultados. En Manhattan, Milei debió soportar un incisivo reportaje de uno de los periodistas más destacados de Bloomberg TV, quien le enumeró los datos de caída de la actividad, aumento del desempleo, y de problemas de relación con la sociedad, reflejados en las encuestas. Un día después, el muy influyente banco JP Morgan difundió un informe terrible donde recortaba las perspectivas de crecimiento de la Argentina, anunciaba la profundización de la recesión y detallaba el aumento de la pobreza. Al llegar a París, el equipo se encontró con que casi todos los medios locales repetían lo mismo: luego de un éxito en la batalla contra la inflación, Milei enfrentaba problemas por la caída de la actividad, el aumento de la pobreza y una aprobación social descendente.
Al final del periplo, el riesgo país trepó de 407 a 655 puntos básicos, el número más alto en los últimos diez meses. La curva del endiablado riesgo país expresa la confianza –o mejor dicho, la desconfianza—de los inversores financieros hacia la Argentina. A principios de julio, había bajado hasta los 407 puntos básicos. Cuando Milei y Caputo despegaron hacia Manhattan ya había subido hasta los 533 puntos básicos. Los reportajes y discursos de Milei y Caputo en los Estados Unidos, en la Argentina y luego desde Francia tampoco calmaron la ansiedad.
“Es por un shock externo”, trató de explicar Caputo. Raro, porque nada de esto afecta al resto de los países de la región. En el período en que el riesgo país argentino trepó de 407 a 655, el uruguayo subió apenas de 68 a 78, el chileno de 94 a 96, el mexicano de 210 a 213, el brasileño bajó de 177 a 171, y el peruano se mantuvo en 113. Complicaciones en el costado financiero, explicaciones con datos muy discutibles y problemas serios en la economía real conforman un cocktail delicado, especialmente en las vísperas de una campaña presidencial.
Existen, claro, diagnósticos encontrados sobre por qué pasa lo que pasa. Para el Gobierno, como se ha dicho, se trata de un malentendido: la errónea percepción de que podríamos volver al infierno. Si fuera así, pareciera que no hay solución. Esa percepción aumenta el riesgo país, eso pega sobre la economía y vuelve a pegar sobre las perspectivas electorales del Presidente. Salvo que hubiera un giro mágico, cosa que ha ocurrido varias veces desde que asumió Milei, solo quedaría rezar.
La versión antagónica sostiene que el problema no es de percepciones sino de realidades. Como el programa económico sumió a la Argentina en una recesión, los capitales se van. Así de sencillo: un fracaso económico lleva a un fracaso financiero y, probablemente, a un fracaso electoral. En este caso no sería “riesgo kuka” sino “riesgo Milei”. Por lo tanto, el Gobierno debería modificar el plan económico para alentar la actividad.
Hay una tercera interpretación que combina elementos. Sostiene que los inversores han empezado a huir porque los malos resultados económicos aumentan la chance de que vuelva el kirchnerismo. No es que los inversores se van porque sube la pobreza y cae la actividad -eso no les altera los nervios- sino porque de esos males se derivaría uno aún peor: el triunfo del Anticristo.
Así lo explica la influyente consultora 1816: “¿A qué le teme tanto el mercado? La respuesta para nosotros es unívoca: que los datos económicos afecten la imagen de Milei. Si bien damos por hecho que los números de actividad de agosto mostrarán un rebote desestacionalizado tras la violenta caída que mostró el EMAE de julio, de pronto pasó a ser consenso que la economía entró en recesión técnica. De confirmarse, la narrativa generalizada pasará de ser la de una torta que se agranda pero no derrama a la de una torta que se estanca (o cae), con los sectores mano de obra intensivos especialmente débiles (recordar que en junio se cumplieron 13 meses consecutivos de caída en los puestos asalariados en el sector privado registrado)”.
Para el caso es lo mismo, porque en el origen de los problemas estaría la situación económica, y el Gobierno debería trabajar sobre ella y no sobre supuestos errores de percepción. El problema es que Milei no está dispuesto a cambiar. O sea, triunfará o morirá con las botas puestas. No hay tercer camino entre el bien y el mal. Lo dice claramente el Antiguo Testamento.
En ese contexto, apareció otro problema, bastante clásico. Las dificultades de Milei abrieron una grieta seria en su propia fuerza política. Patricia Bullrich, su principal aliada, lo desafía varias veces por semana. En las últimas horas se metió en el debate económico, para saldarlo en contra de lo que dice el Presidente. En el coloquio de IDEA, fue ovacionada cuando dijo textualmente:
-“No podemos tener la industria caída, la construcción caída, el comercio caído y, por otro lado, algunas economías del país, como pueden ser los hidrocarburos, como puede ser la pesca, como puede ser el agro, como puede ser la minería, en porcentajes de crecimiento muy elevados. Tenemos que compatibilizar”.
-“La industria argentina es una industria potente. Si nuestra estructura de costos es alta, porque tenemos más altos impuestos, impuestos a tres niveles, y un productor brasilero está un 30% más barato que el argentino, ahí usted parte de un desnivel. De alguna manera, el costo argentino tiene que estar similar y parejo a los costos de los países vecinos, por lo menos, para poder competir en igualdad de condiciones”.
-“El proyecto tiene que sumarle una mayor velocidad para que llegue a todas las familias, para que el año que viene esto se sienta en cada hogar argentino. La necesidad es que a los tres años de gobierno los cambios que se han hecho se verifiquen en cada familia, y eso significa velocidad, velocidad en los cambios”.
Bullrich ya se había diferenciado de Milei en múltiples asuntos anteriores: lo enfrentó en medio de los escándalos desatados por las figuras de José Luis Espert y Manuel Adorni, íntimos del primer mandatario; se diferenció al sostener que se debe respetar la libertad de prensa; cuestionó el intento de iniciar juicio político a dos juezas garantistas; se burló del Presidente al reconocer que le gusta la música de Lali Espósito; enfrentó el intento de imponer un nuevo ajuste al sector de discapacidad; cuestionó el método para intentar aprobar la polémica ley de tierras; sostuvo que al Gobierno le falta “cercanía” con quienes sufren en medio de la transición económica; en las últimas semanas, además, comenzó a decir que ella apoya la reelección “del proyecto” y sólo en segundo lugar, cuando se lo piden, aclara que se trata de la reelección de Milei.
Milei le tolera las insolencias porque una ruptura lo complicaría aún más. Si ella rompiera las cosas se complicarían mucho más: caería aún más su imagen, se dividiría su electorado, crecería el riesgo país, se complicaría más su futuro político. O sea, que está arrinconado. Encima, a ella la ovacionaron los empresarios, sus supuestos aliados. ¿Qué verá la mente suspicaz del Presidente en ese movimiento? ¿Será demasiado audaz deducir que percibe con inquietud la conformación de un polo que, más tarde o más temprano, prescindirá de él, y que tarde o temprano se cobrará personalmente estos desplantes?
Tal vez en toda esta dinámica aniden algunas de las razones que explicarían los breves sollozos del Presidente en su despedida de tierra francesa: ¿impotencia, cansancio, emoción? Sea lo que fuere, esto recién empieza. La silla eléctrica es la metáfora que usa el Presidente para describir el lugar que le toca. Tal vez, en eso, tenga algo de razón. No es el infierno, pero se le parece un poco.



