(Columna de análisis político de Joaquín Morales Solá de este miércoles 8 de abril en el diario La Nación de Buenos Aires)
Nunca hubo presidente, como sucede con Javier Milei, arropado por un grupo numeroso de periodistas muy cercanos a él y tan diseminados en varios medios. Cristina Kirchner tenía sus fanáticos en la prensa (y fue la creadora intelectual de la grieta dentro del periodismo), pero estaban encapsulados en dos o tres empresas periodísticas. Nunca hubo un presidente tan agresivo verbalmente con la prensa como lo es Milei. Néstor y Cristina Kirchner fueron también alegres guerreros contra el periodismo, pero lo hacían de otra manera −tal vez peor−: usaban los servicios de inteligencia para cambiar la historia de los medios, los editores y los periodistas que no les agradaban, siempre en nombre, claro está, de los derechos humanos. En los últimos días, el actual presidente se regodeó insultando a periodistas que habían escrito o dicho algo que le cayó mal. Según una investigación del periodista Martín Rodríguez Yebra publicada en LA NACION, el Presidente y sus satélites en las redes despacharon cerca de 1000 mensajes cargados de agravios y ofensas contra el periodismo en general o contra periodistas en particular durante los días de Semana Santa.
Es contradictorio que Milei se presente como un hombre religioso cuando usa unos de los días más importantes del cristianismo para agredir, denigrar y ofender a un grupo humano. Ningún Evangelio lo autoriza a cometer semejante sacrilegio. La nueva estación de su combate perpetuo contra la prensa sucedió contemporáneamente con la publicación del periodista Hugo Alconada Mon en LA NACION sobre una información encontrada por un consorcio internacional de periodistas de investigación. Esa investigación daba cuenta de la existencia de una red de agentes rusos, llamada “La Compañía”, que promovía en la Argentina una campaña de desinformación y de descrédito del gobierno de Milei. El representante argentino de ese consorcio es el periodista Santiago O’Donnell, que es editor del diario Página 12, un medio que no simpatiza con el gobierno libertario.
El propio Alconada Mon reveló también que el entonces vocero presidencial, Manuel Adorni, actual jefe de Gabinete, ya había informado públicamente en junio de 2025 que la SIDE detectó a ese grupo de agentes rusos; Adorni lo llamó por su nombre: La Compañía. En septiembre de ese mismo año, la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, denunció que existían en el país espías rusos que trabajaban contra Milei; las declaraciones de la actual senadora provocaron que el autoritario gobierno de Putin llamara al embajador argentino en Moscú para protestar formalmente.
Putin es Putin, y nada que venga de su lado puede sorprender. Que su servicio de inteligencia opera en el exterior es una de las certezas más difundida en el mundo. Llegó a extremos inéditos en el escenario internacional. La justicia norteamericana investigó si Putin lo ayudó a Donald Trump a ganar su primera elección presidencial, en noviembre de 2016, y también lo acusaron de haber influido en el resultado del referéndum británico para que se concretara lo que se conoció como el Brexit, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Putin atravesó otras líneas: ordenó el asesinato en el extranjero (también en el interior de Rusia) de disidentes, según reiteradas denuncias de organizaciones no gubernamentales que se ocupan de defender los derechos humanos del maltratado pueblo ruso.
Es probable que el dictador ruso haya pataleado en Moscú por la adhesión incondicional de Milei a Trump y por la decisión acertada del presidente argentino de colocarse al lado de Ucrania en la guerra inconclusa entre este país y Rusia. Pero nada de todo eso autoriza a Milei a zamarrear otra vez al periodismo argentino en general. Resulta imposible imaginar a un liberal (él se define como un liberal-libertario) desconociendo la importancia que la prensa libre tiene en un sistema democrático. ¿Qué significa el eslogan “Viva la libertad, carajo” cuando no se respeta la libertad del periodismo? Solo un eslogan, presuntuoso y vacío. Nada más.
Junto con la información sobre esa red de espionaje extranjero se conoció la lista de medios que habrían publicado artículos pagados desde Moscú. Ninguno es relevante ni tampoco figuran en tal listado los grandes medios argentinos: LA NACION, Clarín y Perfil, por ejemplo. Milei ordenó al día siguiente que le prohibieran la entrada a la Casa de Gobierno a los periodistas acreditados de los medios que están en la lista rusa; castigó al voleo, aunque cayeran también los inocentes. De hecho, no se conocen hasta ahora los nombres de los periodistas de esos medios que habrían servido a la campaña de Putin. Las investigaciones llegaron solo a los nombres supuestos de algunos firmantes de artículos, que eran meros seudónimos.
En medio de tantas relatividades, el jefe del Estado dedicó el fin de semana largo a vapulear a medios y periodistas que ni siquiera trabajan en las empresas que constan, presuntamente, en el inventario del espionaje. Una de ellas fue la periodista de LN+ Laura Di Marco, a la que Milei llamó “roñosa operadora”. ¿Dónde están las organizaciones que defienden al feminismo cuando el Presidente ofende tan groseramente a una mujer? No se trata solo de una mujer ofendida. ¿Dónde están ahora Patricia Bullrich, Silvana Giudici o Alejandro Fargosi, actuales mileístas que decían estar dispuestos a entregar al vida para defender al periodismo cuando este era agredido por el kirchnerismo? ¿O acaso llegaron al disparate de pensar que estaba muy mal que los Kirchner maltrataran al periodismo y que está muy bien que Milei ataque a ese mismo periodismo? ¿O en aquella época tenían unos principios y ahora tienen otros, porque los de entonces no le gustan a Milei? Inmortal Groucho Marx.
Milei es consciente de sus derechos, pero no de sus obligaciones. Ha publicado sus artículos en LA NACION y en Clarín, por ejemplo, pero no hizo excepciones con esos diarios cuando trató de la peor forma al periodismo. Todos están en deuda con él. ¿O se trata de otro caso de resentimiento en el penacho del poder? Si fuera así, deberíamos concluir que es la sociedad argentina la que prefiere a los resentidos. Por otro lado, es común escuchar que el jefe del Estado no hace más que ejercer su libertad de expresión cuando aporrea al periodismo, la misma libertad, dicen, que tiene este. No es así, lamentablemente para él. El mundo civilizado llegó hace mucho a la conclusión de que un funcionario público no tiene los mismos derechos que un ciudadano común. Tampoco un funcionario del Estado, mucho más el presidente de la Nación, cuenta con el mismo margen de libertad de expresión que el que tiene la gente común, y el periodismo −por qué no−.
Un periodista escribe o habla en el medio que trabaja y la repercusión de lo que dice se encierra entre los lectores o en la audiencia audiovisual del medio donde se desempeña, salvo, desde ya, que haya revelado un monumental escándalo, no farandulero desde ya. En cambio, la palabra del Presidente (también sus tuit) tiene una profunda y amplia repercusión en todos los medios periodísticos. Ese intenso eco puede amedrentar y provocar la autocensura del periodismo y de los ciudadanos. En síntesis, los excesos en el uso de la libertad de expresión por parte del Presidente pueden terminar lesionando la libertad de expresión. ¿Querrá Milei pasar a la historia como el Presidente que en nombre de la libertad de sus ideas dañó la libertad de los argentinos?
Es fácil advertir otra rareza. Milei se remite a los resultados de las investigaciones judiciales cuando las denuncian asedian a sus funcionarios más cercanos, pero no duda en llamar delincuentes, ensobrados o pauteros a cualquier periodista que no integre su séquito periodístico. Es hora también de pedirles a los periodistas que militan en la causa del Presidente o que son sus amigos que le pregunten −y le repregunten− sobre sus ofensas al periodismo cuando lo entrevistan. Ellos son los únicos que acceden a la palabra presidencial.
Existe corrupción en el periodismo, como existió siempre. Desmentir eso sería ignorar lo que sucede al lado de cualquier periodista, bueno o malo; significaría también inclinarse hacia una defensa corporativa que nos igualaría a todos en el mismo nivel. Pero no es el jefe del Estado, cercado él mismo por denuncias de corrupción contra sus funcionarios más allegados (y algunas contra el propio Presidente) quien debe señalar cuáles periodistas son deshonestos y cuáles son honestos. Estamos, además, ante la extraña casualidad de que siempre los deshonestos son los periodistas independientes, y los honestos son los que lo frecuentan a él. De igual forma, el periodismo argentino independiente ha contribuido notablemente a investigar y esclarecer la corrupción de los políticos en la conducción del Estado. Es el periodismo que el país y la democracia necesitan.
Ya Daniel Santoro reveló en Clarín en los años 90 el contrabando de armas a Ecuador y Croacia, que terminó con el expresidente Carlos Menem en prisión. Alconada Mon puso un haz de luz sobre el lavado de dinero de los Kirchner en sus hoteles de Santa Cruz, que extrañamente no llego hasta ahora al juicio oral y público. Siempre está por empezar. El mismo Alconada Mon descubrió que los empresarios Cristóbal López y Fabián De Souza defraudaron al Estado cuando se quedaron con la recaudación de los impuestos a los combustibles en sus estaciones de servicio. Los periodistas Diego Cabot, Alconada Mon, de LA NACION, y Nicolás Wiñazky, de Clarín, investigaron y revelaron mucha información sobre los manejos corruptos de los recursos de Vialidad, que tienen hoy presa en su casa a Cristina Kirchner. Cabot realizó la enorme pesquisa sobre los cuadernos del chofer Oscar Centeno, que dejaron constancia del permanente trasiego de sobornos en la cima del poder en la época del kirchnerismo. Y el prematuramente fallecido Jorge Lanata lideró investigaciones periodísticas desde el Swiftgate en la época de Menem hasta el lavado de dinero de los Kirchner en la llamada causa de “La ruta del dinero K” y las corruptas artimañas de Leonardo Fariña también con el dinero de los Kirchner. Alconada Mon destapó hace poco el escándalo de la criptomoneda $LIBRA, que complica a los hermanos Milei, tanto al Presidente como a su no menos poderosa hermana. Ningún gobierno se salvó, como es fácil advertir, de la curiosidad del periodismo honesto, que constituye la mayoría del periodismo.
“No odiamos lo suficiente a los periodistas” es una frase repetida y extraña, porque Milei es un producto de dos factores: del fracaso de todo lo anterior y del periodismo, sobre todo del audiovisual, que lo convirtió en una figura popular cuando no era nadie. Odiar es una emoción que no puede albergar ninguna persona con cierta sensibilidad política y moral. Se puede estar en desacuerdo o se puede sentir antipatía por una persona o por un grupo de personas, pero odiar a una comunidad humana solo por lo que es significa el triunfo del fanatismo y el delirio.








