(Crónica publicada este domingo 3 de mayo en el portal Infocielo)
Para esta ciudad nacer en el interior ya no es sinónimo de desarraigo. Con la universidad en casa, el 97% de los alumnos son primera generación universitaria, transformando el futuro sin dejar el hogar.
Para quien nace en el interior bonaerense, el futuro y la formación profesional suelen tener sabor a despedida, casi siempre son sinónimos de valija y desarraigo. La adolescencia en Lobería, durante generaciones se vio atravesada por emprender una migración forzada, terminar la secundaria y proyectar una vida en la ciudad de Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata o Tandil, hasta que decidió cambiar su historia.
Para esta ciudad de 18.000 habitantes, ubicada en el sureste bonaerense, la juventud en su mayoría solo estaba de paso. Sin embargo, el desarraigo emocional, la imposibilidad económica de los últimos años de crisis, para afrontar un alquiler y sostenerse lejos de contención familiar, los empujó a soñar que el futuro no estaba tan lejos y que podía estar a la vuelta de la esquina.
El lugar donde el futuro dejó de quedar lejos
Los distintos gobiernos locales intentaron acompañar la formación profesional mediante becas económicas y residencias estudiantiles, como la histórica casa del Centro de Estudiantes Universitarios Loberenses (SEUL) en la capital provincial. Sin embargo, ese esfuerzo siempre chocó contra la misma pared, para estudiar hay que irse de casa y cuesta caro.
Desde el 2020, el horizonte que limitaba las posibilidades de muchos jóvenes del interior, comenzó a cambiar porque Lobería paso a ser el escenario de un fenómeno social que se convirtió en un motor de identidad, la universidad dejó de estar a cientos de kilómetros para instarse un polo educativo en el centro de la ciudad.
El espacio que a principios de siglo pasado era un símbolo de la llegada de los inmigrantes, hoy en pleno siglo XXI, es la casa de estudios de jóvenes, que en su mayoría son la primera generación de estudiantes universitarios. En plena pandemia, con una asamblea realizada de manera virtual, los últimos socios —personas mayores de ochenta años— decidieron ceder el predio al municipio con la condición de que volviera a ser un punto de encuentro para la comunidad.
La Universidad en Lobería
La ingeniería social que posibilitó este logro local fue producto de una descentralización inteligente, donde el municipio salió a buscar a las universidades gigantes. A través de convenios con la UNMDP, la UNICEN y la UTN, Lobería se convirtió en un nodo, con una red de voluntades donde el Estado local garantizó la infraestructura y la conectividad, mientras que las casas de altos estudios pusieron el saber. Este modelo de red permitió que una ciudad pequeña pudiera ofrecer títulos que antes solo estaban al alcance de quienes podían costear un alquiler en las grandes capitales.
Para Juan Hardoy, Director de Juventudes, el principal logro de este proceso ha sido cambiar la geografía de los sueños de los jóvenes. “La decisión fue popularizar el acceso al conocimiento y pensar la universidad como la herramienta para hacerlo. La universidad ya no estaba lejos, ya no era el irse a estudiar, sino que la universidad venía a casa, donde tengo mi vida, donde tengo mi familia, donde tengo mi comunidad”, reflexiona Hardoy en dialogo con INFOCIELO.
Su construcción llevó cinco años y demandó un esfuerzo colectivo sin precedentes, el 65 por ciento financiado con fondos municipales propios, un 15 por ciento aportado por la provincia de Buenos Aires a través del programa Puentes, un 5 por ciento del programa nacional Nodos para equipamiento y, en un gesto que demuestra la apropiación del proyecto por parte de los vecinos, un aporte crucial del sector privado local para evitar que la obra se detuviera durante los meses de parálisis de la obra pública.
La primera vez de un orgullo colectivo
Hardoy, que es hijo de la universidad pública y del desarraigo, egresado de la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires (UNICEN), explica el impacto social de esta iniciativa porque “el 97 por ciento de los estudiantes que transitan sus aulas son la primera generación de universitarios en sus familias”. Ese dato no es solo una estadística; es una transformación cultural profunda que conmueve a las familias. “Es un orgullo para toda la familia y un desarrollo personal inmenso. Para quienes llevamos adelante el proyecto, es un empujón para hacerlo cada vez más grande, para que sea propio de toda la comunidad y abrir cada vez más puertas”, agrega el funcionario.
El enfoque productivo regional
La oferta académica del proyecto se pensó en sintonía con las necesidades del distrito y la región. En el edificio se cruzan las ciencias humanas, como la segunda cohorte de la Licenciatura en Psicología o la reciente promoción de licenciadas en Enfermería que ya se desempeñan en el hospital y los centros de atención primaria, con carreras vinculadas a la innovación tecnológica.
En este sentido, se creó un Cluster AgTech que vincula al Estado, al sector privado y a las universidades para adaptar la formación al mundo productivo de hoy. Hardoy cuenta que “no traemos carreras al azar; buscamos formación para las potencialidades del distrito. Desde el manejo de drones y maquinaria agrícola con nueva tecnología, hasta inteligencia artificial aplicada al trabajo”. Esto genera un círculo virtuoso donde los jóvenes encuentran una salida laboral real sin tener que desarraigarse.
Los datos de un proyecto que sueña con más
Durante la inauguración del edificio, el intendente Pablo Barrena señaló que el impacto social y de desarrollo personal es “inmedible”, Hardoy coincide con esta afirmación y es contundente que “para una comunidad de 18.000 habitantes, que ya hayan pasado 3.200 personas por la universidad habla de que el proyecto triunfó y que ya es de todo el pueblo”.
Actualmente la universidad de Lobería tiene 470 ingresantes y casi 150 egresados, logrando dar vuelta la página de la migración forzada. Hoy, los jóvenes pueden transitar la educación superior pública, gratuita y de calidad mientras continúan construyendo su vida junto a sus afectos. La universidad dejó de ser un destino distante para convertirse en una herramienta comunitaria de arraigo, desarrollo y futuro.







