Reflexiones a seis años del inicio de la pandemia de COVID-19

Por Jorge Gómez

Seis años no parecen tanto tiempo, pero cuando uno vuelve a marzo de 2020, la sensación es otra: es como si hubiéramos vivido una época aparte.

El inicio de la pandemia de COVID-19 en la Argentina —y en ciudades como Necochea y Quequén— marcó un antes y un después que todavía hoy se siente, aunque a veces lo disimule la rutina.

Al principio fue el desconcierto.

Las calles vacías, los comercios cerrados, el silencio extraño en lugares que siempre tuvieron movimiento.

El aislamiento no era solo una medida sanitaria: era una experiencia emocional.

De golpe, el miedo se volvió cotidiano. Miedo al contagio, a enfermarse, a perder a alguien querido.

Miedo a lo desconocido.

En ese contexto, el sistema de salud pasó al centro de la escena.

Médicos, enfermeras, camilleros, administrativos: los llamados “esenciales” sostuvieron una ciudad que, puertas adentro, trataba de entender qué estaba pasando.

Hubo aplausos, reconocimientos, pero también un desgaste enorme.

La pandemia dejó al descubierto tanto la vocación como las limitaciones estructurales.

Y después están los nombres que faltan.

En Necochea, como en tantos otros lugares, hubo decenas —cientos— de familias atravesadas por la pérdida.

Cada número es una historia.

Cada cifra que se menciona, sea 263 oficialmente fallecidos por Covid-19, no alcanza a dimensionar el vacío que dejó en hogares, amistades y barrios enteros.

Esa es, quizás, la marca más profunda: la que no se ve en estadísticas.

Con el tiempo llegaron las vacunas, la flexibilización, el regreso paulatino a una “normalidad” que ya no era la misma.

Porque algo cambió.

Cambiaron hábitos, formas de vincularnos, de trabajar, de valorar lo cotidiano.

Aprendimos —a veces a la fuerza— la importancia de lo simple: un encuentro, un abrazo, la posibilidad de circular libremente.

Pero también quedaron deudas.

La pandemia dejó huellas en la salud mental, en la economía, en la educación.

Profundizó desigualdades y expuso fragilidades que aún no terminan de resolverse.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo aprendido logramos sostener?

Tal vez el mayor riesgo con el paso del tiempo sea el olvido.

No por falta de memoria, sino por la necesidad humana de seguir adelante.

Sin embargo, recordar no es quedarse anclado: es darle sentido a lo vivido.

Es entender que aquella crisis global nos atravesó también como comunidad local.

Seis años después, la reflexión no debería ser solo nostálgica ni solemne.

Debería ser, sobre todo, honesta.

Reconocer lo que dolió, valorar lo que se hizo bien y no perder de vista lo que aún falta. Porque si algo dejó la pandemia es una certeza: la vida puede cambiar de un día para el otro.

Y frente a eso, lo único verdaderamente sólido sigue siendo el otro.

(la foto ilustra el acto realizado en agosto de 2024, en el descubrimiento al Monumento a las Víctimas del Covid-19, encabezado por el intendente Arturo Rojas y el vecino Javier Rens, impulsor de la iniciativa)

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