Seguridad urbana: cuando la ciudadanía produce sus propios datos

(Del blog Pensar en Comunidad)

En los últimos días tomó visibilidad en Mar del Plata una iniciativa impulsada por vecinos: un mapa colaborativo donde se registran hechos delictivos reportados por la comunidad.

La plataforma  www.robosmdp.com.www.robosmdp.com.ar     permite visualizar en un mapa interactivo distintos episodios cargados por usuarios, con ubicación aproximada, fecha, modalidad y una breve descripción. El propio sitio aclara que no reemplaza la denuncia formal ante la policía e incluso ofrece el enlace correspondiente.

El proyecto surgió luego de que su creador, un comerciante local, sufriera un robo y lograra recuperar su vehículo gracias a la colaboración en redes sociales. A partir de esa experiencia decidió organizar esa información dispersa. En pocas semanas el mapa acumuló cientos de reportes y generó un alto nivel de participación.

Más allá de la persona que lo impulsó o del debate político que pueda generar, la pregunta es más profunda:

¿Qué revela que los vecinos empiecen a producir sus propios datos sobre seguridad?

Cuando la conversación busca orden

En muchas ciudades, la inseguridad no se discute solo en estadísticas oficiales. Se conversa en la calle, en los comercios, en grupos de WhatsApp. La preocupación circula, pero muchas veces de forma fragmentada y desordenada.

Cuando cientos de personas deciden cargar información en una misma plataforma, lo que están haciendo —consciente o inconscientemente— es intentar darle forma a esa conversación dispersa. Y al participar, validan la herramienta. La participación también construye legitimidad social.

Desde el punto de vista técnico, hoy no es complejo montar algo así: un formulario digital, un mapa interactivo y una base de datos en la nube están al alcance de cualquiera con conocimientos básicos. La barrera tecnológica es baja. La barrera social es mucho más exigente.

Porque una plataforma no funciona solo por su programación. Funciona si hay personas dispuestas a usarla con cierta constancia, a confiar en ella y a sostenerla en el tiempo. De lo contrario, queda como tantas otras iniciativas que nacen con entusiasmo y se diluyen al poco tiempo.

El mapa como reacción

Quien sufrió un robo no está pensando en teoría institucional ni en debates estadísticos. Está pensando en evitar que vuelva a pasar o en recuperar lo perdido.

Una herramienta como esta responde a algo concreto: la necesidad de información clara y la búsqueda de patrones para anticiparse.

El mapa, en ese sentido, no es el problema. Es la reacción.

Pero también abre una pregunta inevitable: ¿qué ocurre después del hecho?

La inseguridad no termina en el delito. Continúa en la investigación, en la actuación policial y en la intervención del Ministerio Público Fiscal y del Poder Judicial. Un punto rojo en un mapa señala dónde ocurrió algo; la inquietud social apunta a qué pasó después: si hubo denuncia formal, si se identificó a los responsables, si la causa avanzó, si hubo resolución.

Ahí la discusión deja de ser tecnológica y pasa a ser institucional. Porque la confianza no se construye solo registrando el problema, sino también mostrando cómo funciona el sistema de justicia frente a ese problema.

El escenario local

Esa discusión no es ajena a nuestra realidad. En Necochea se inauguró recientemente un Centro de Monitoreo con más de 200 cámaras, financiado con recursos municipales. Es una inversión concreta en infraestructura y en capacidad de seguimiento en tiempo real.

Esto demuestra que existen herramientas institucionales en funcionamiento.

Por eso el debate no debería plantearse como reemplazo, sino como articulación. El centro de monitoreo aporta imágenes y capacidad operativa; la denuncia formal activa el circuito judicial; un mapa ciudadano puede aportar percepción territorial y detección de patrones.

El desafío sería integrar esas dimensiones para que la información no quede fragmentada y la respuesta resulte más clara y eficaz.

Quizás el paso siguiente no consista en crear algo completamente nuevo, sino en ordenar mejor lo que ya existe. No se trata de señalar fallas, sino de aprovechar capacidades. No de superponer sistemas, sino de integrarlos. Tal vez ahí haya un camino posible.

Participar también es una responsabilidad pública

Estas herramientas no están exentas de riesgos: estigmatizar barrios, generar alarma permanente, amplificar hechos aislados, difundir información no verificada o afectar la privacidad.

Además, la acumulación visual de incidentes puede intensificar la percepción social del problema.

Por eso la pregunta no es solo tecnológica, sino cívica:

¿Estamos preparados para producir información fiable y hacerlo con responsabilidad?

Si la propia plataforma incluye el enlace para realizar la denuncia formal, podría pensarse incluso como un filtro inicial o una instancia de visibilización que remita siempre al canal institucional correspondiente. Pero esa articulación exige reglas claras y un compromiso explícito con la veracidad.

Participar implica comprender que cada dato influye en otros. Democratizar herramientas no significa improvisar, sino asumir que producir información también es un acto de responsabilidad pública.

La tecnología amplía la voz.
La responsabilidad le da legitimidad.

Más allá del mapa

Este fenómeno no habla solamente de seguridad. Habla de confianza.

En una época donde la tecnología permite generar y difundir datos con facilidad, el desafío no es quién posee la información, sino cómo se construye credibilidad colectiva.

La seguridad no se fortalece solo con cámaras ni solo con mapas.
Se fortalece cuando la información es clara, la participación  responsable y las instituciones respondiendo con resultados visibles.

También sería justo reconocer algo más: alguien decidió involucrarse y hacer. Puede ser perfectible. Puede necesitar ajustes. Pero es una iniciativa concreta que nació desde la experiencia personal y se transformó en herramienta colectiva.

Siempre es más sencillo señalar lo que falta que intentar construir algo nuevo.

Si estas experiencias logran dialogar con el Estado en lugar de enfrentarlo, si se corrigen desvíos y se sostienen estándares de responsabilidad, pueden convertirse en un aporte y no en una competencia.

Quizás el verdadero desafío no sea frenar lo que surge desde la comunidad, sino acompañarlo, ordenarlo y mejorarlo.

Porque cuando la participación se vuelve constructiva, la comunidad deja de ser espectadora y empieza a formar parte de la solución.

Y eso, en cualquier ciudad, ya es un paso hacia adelante.

Más noticias

Más Noticias

Bienvenido

Login to your account below

Retrieve your password

Please enter your username or email address to reset your password.