Fernando Dufau volvió a Quequén-Necochea después de unir en bicicleta con Salta, en una experiencia que combinó esfuerzo físico, espiritualidad y familia. Junto a su esposa y su hijo del corazón, el jovencito Omar, atravesó etapas, rutas y pueblos, hasta llegar a la Virgen del Milagro
Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en todo aquello que una persona va dejando atrás mientras avanza. Para Fernando Dufau, los 2.012 kilómetros que separaron a Quequén y Necochea de la Catedral de Salta fueron mucho más que una larga travesía en bicicleta. Fueron una peregrinación de fe, una experiencia familiar y, fundamentalmente, una manera de volver a mirar la vida.
Dufau regresó a la ciudad después de cumplir el desafío que había comenzado a preparar durante meses y que había compartido previamente con la audiencia de Voces de la Tarde, programa que conduce Jorge Gómez por Radio Noticias Necochea 97.3. Esta vez volvió para contar lo que ocurrió durante el camino, acompañado por su esposa y por su hijo del corazón, Omar.
“Íbamos con un poco de incertidumbre”, reconoció. No provenía del ciclismo competitivo ni tenía una larga trayectoria sobre la bicicleta. Su experiencia estaba vinculada con las peregrinaciones que, en años anteriores, había realizado junto a su esposa hacia la Virgen del Milagro. Pero esta vez la propuesta era diferente: partir desde Necochea y llegar hasta Salta pedaleando.
El primer día recorrió 145 kilómetros hasta Benito Juárez, bajo una intensa helada. “Los pies, las manos eran impresionantes cómo se te congelaban”, recordó. Después llegaron otras etapas, siempre con un ritmo tranquilo, hasta que comenzó a conocer las posibilidades de su propio cuerpo y desapareció parte de aquella incertidumbre inicial.
Mientras Fernando Dufau avanzaba, detrás viajaban su esposa y Omar en una camioneta con trailer y casilla. Allí estaban la comida, el descanso y también el espacio para compartir las experiencias de cada jornada.
Pero el viaje no estuvo compuesto solamente de rutas. Estuvo hecho de personas.
En Salta, por ejemplo, la organización de los peregrinos permitió que policías en bicicleta acompañaran a los participantes cuando ingresaban a la provincia. Fernando quedó registrado en una aplicación que permitía conocer su recorrido. En uno de esos momentos apareció otro ciclista proveniente de Buenos Aires, que lo venía siguiendo por las redes y terminó encontrándolo en el camino.
También hubo vecinos que salieron a recibirlo, invitaciones, comidas compartidas y mensajes de personas que le pedían que llevara sus intenciones hasta la Virgen.
Y finalmente llegó el momento esperado: la Catedral, la bicicleta a un costado y la posibilidad de agradecer.
“Nosotros lo hicimos por agradecimiento”, explicó Dufau. La peregrinación, contó, estuvo relacionada con situaciones difíciles que había atravesado durante el año anterior y con la necesidad de “encaminarlo en algo positivo”.
Por eso rechazó la idea de que simplemente hubiera realizado un “tour en bicicleta”. “No es lo que yo hice, es una movida de fe”, afirmó.
En el camino también descubrió algo sobre sí mismo. Dufau habló de un “pato malo y un pato manso” que todos tenemos en la cabeza y admitió que buscó con esta experiencia “amansar” al suyo. El resultado, aseguró, fue sentirse mucho mejor anímicamente.
La llegada a Salta coincidió con una multitudinaria peregrinación. Unos 340 ciclistas partieron desde Metán y en los últimos kilómetros se fueron sumando caminantes. Su esposa se incorporó al recorrido final y juntos compartieron los últimos 150 kilómetros.
La experiencia también le permitió observar otra Argentina. A medida que avanzaba hacia el norte, encontró una recepción diferente en las rutas y en las comunidades. “La gente entendía lo que estábamos haciendo y entendía el mensaje”, señaló.
Al regresar a Necochea, Fernando Dufau no habla de haber terminado. Habla de continuar. Ya decidió incorporarse a un grupo de entrenamiento en bicicleta, no para competir, sino para conservar lo conseguido y mantener una actividad que descubrió de otra manera.
“Me noto distinto totalmente y lo quiero tratar de mantener”, sostuvo.
En el camino quedaron 2.012 kilómetros, innumerables encuentros, noches compartidas en una casilla, oraciones, fotografías, mensajes y una bandera argentina que llevó para bendecir y que luego devolvió a quien se la había entregado.
Pero, sobre todo, quedó una enseñanza que Fernando resume con sencillez: la cabeza, la fe, la voluntad y el acompañamiento adecuado pueden transformar aquello que alguna vez parece imposible en un objetivo alcanzable.
Y así, después de llegar hasta la Virgen del Milagro, volvió a Quequén-Necochea. No solamente con una bicicleta que funcionó a la perfección, sino con otra mirada sobre el camino que todavía queda por recorrer.



