Cuando el Puerto empieza a mirarse desde la Infancia

Puerto Ciudad llevó al Jardín N.° 915 “Puente Colgante” una experiencia de artes visuales que unió aprendizaje, naturaleza y pertenencia territorial desde edades tempranas.

Hay aprendizajes que comienzan mucho antes de abrir un libro. A veces nacen de una pregunta, de una conversación o de la posibilidad de transformar una hoja en la imagen de aquello que forma parte del paisaje cotidiano.

Con esa premisa, el Programa Puerto Ciudad, impulsado en el marco de la gestión del presidente del Consorcio de Gestión de Puerto Quequén, doctor Mariano Carrillo, desarrolló una nueva jornada del Subprograma de Artes Visuales junto a los alumnos de la Sala Pehuen del Jardín de Infantes N.° 915 «Puente Colgante». 

La propuesta, coordinada por la Licenciada Sofía Pollán y Pamela Klink, invitó a los niños y niñas participantes a recorrer, desde el arte, un escenario que forma parte de la identidad de la comunidad: la escollera, las aves portuarias y la fauna marina.

La actividad comenzó recuperando las experiencias de los propios chicos. ¿Quién conocía la escollera? ¿Qué animales habían visto allí? Cada respuesta abrió nuevas miradas sobre un entorno que, por cercano, muchas veces pasa inadvertido.

Luego de compartir un material audiovisual sobre las aves del puerto, la experiencia continuó con una técnica de grabado en relieve. Sellos, témperas, colores y texturas dieron lugar a producciones únicas, donde la exploración artística se convirtió también en una forma de conocer.

Cuando la educación conecta con aquello que los niños reconocen como propio, el aprendizaje adquiere otro significado. El paisaje deja de ser un fondo cotidiano para convertirse en una historia que merece ser observada, comprendida y cuidada.

Esa es la huella que buscan construir este tipo de experiencias: acercar el puerto a la comunidad desde la cultura, el ambiente y la educación, fortaleciendo vínculos que trascienden una actividad puntual.

La participación de la docente Marianela Nasif y el entusiasmo demostrado por los alumnos confirmaron que las experiencias compartidas son las que permanecen en el tiempo. Allí donde la curiosidad encuentra un espacio para expresarse, también comienza a consolidarse una comunidad que reconoce en su propio territorio un patrimonio que vale la pena descubrir y preservar.

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