(Columna de Martín Rodríguez Yebra en La Nación)
Cuando le preguntan quién será su mayor rival en 2027, Javier Milei se muestra tajante: “Compito contra mí mismo”. Se acostumbró desde que llegó al poder a hacer política en el vacío, con enemigos impotentes a los que manipula a gusto. Los ningunea cuando se siente sólido y los agranda cuando una realidad adversa lo obliga a buscar culpables de un complot destituyente.
La premisa que expresa Milei asume que su éxito electoral depende únicamente de ejecutar el programa de reformas en curso. Es una manera de resaltar la ausencia de alternativas a la reformulación de la economía argentina que él plantea. Pero esconde también una duda íntima que carcome a los habitantes de la cúpula libertaria: ¿alcanza la estabilidad macro para ganar elecciones?
La maquinaria reeleccionista actúa en dos planos. En la superficie presiona para cambiar el régimen electoral del país de modo de facilitar los pactos con aliados posibles y obstaculizar una tregua en la disputa destructiva del peronismo de raíz kirchnerista. Debajo del radar enfrenta el desafío de la reactivación económica. Milei sabe por su propia experiencia que, si el clima social es adverso, el descontento puede encontrar el cauce electoral menos pensado.
Milei y el ministro Luis Caputo se aferran a su promesa emblemática de que vienen los “mejores 18 meses de la historia argentina” sobre la base de indicadores que no se traducen en optimismo masivo. Celebran que en el primer trimestre de 2026 hubo un “récord de PBI” en términos netos, obtenido gracias a un crecimiento fenomenal de la refinación de petróleo (19%, respecto a la era pre libertaria) y la intermediación financiera (18%). Esas cifras conviven con una baja pronunciada de la industria, la construcción y el comercio, sectores clave para el empleo. En el análisis mes a mes siguen la lógica del serrucho. La inversión bajó 10,4% de enero a marzo y la recuperación del salario después de siete meses de caída es aún tenue.
La última edición del sondeo de Atlas Intel para Bloomberg, uno de los estudios más consultados por el mercado, detecta un pesimismo dominante respecto de la economía del país para el segundo semestre: el 49% cree que va a empeorar, contra un 41% que espera una mejora. La brecha es aún más amplia cuando se pregunta por el mercado laboral (49% vs. 34%) y sobre la situación familiar (43% vs. 32%). El manejo de las expectativas es un termómetro vital para un gobierno que todavía no tuvo una “fiesta” que ofrecer al electorado, sino que vive de la ilusión de atravesar el desierto y llegar a la tierra prometida.


La distracción que ofreció el Mundial de Fútbol le sirvió al Gobierno para pensar mecanismos de reactivación. Caputo trabaja en un programa para impulsar el crédito hipotecario con ayuda del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la Anses, que maneja el dinero de los jubilados. La paulatina suba del dólar en el último mes también puede ayudar a mover la perilla de la actividad, aunque demore el “derrumbe” de la inflación con el que se obsesiona Milei.
En la reunión de Gabinete posterior al Tedeum del 9 de Julio, Milei exudó confianza frente a sus ministros. Hizo hincapié en la necesidad de cambiar la Carta Orgánica del Banco Central, una medida que hace juego con el plan financiero que había presentado Caputo días antes. Quiere regar la confianza de los mercados en que no habrá riesgos de impago durante el año electoral y en que la emisión monetaria para asistir al Tesoro es historia antigua. El riesgo país en el umbral de los 400 puntos genera euforia en el área presidencial.
Milei consumió la mayor parte del tiempo que pasó con los ministros describiendo el proyecto de paperque escribió con Demian Reidel en el que sostiene con un modelo matemático el camino de crecimiento que traerá el proyecto de reformas que promueve. Presume de tener ideas revolucionarias. Volvió a fantasear con ganar el Nobel de Economía, aunque el documento quedó envuelto en una discusión sobre cuánta inteligencia artificial usaron para redactarlo.

El dato que sorprendió a algunos de los presentes es que Reidel mantiene su acceso privilegiado al Presidente después de haber sido desplazado de la dirección de la empresa pública Nucleoeléctrica Argentina en medio de una investigación de sobreprecios en la contratación de servicios. “Es muy fiel a sus amigos”, resumió un asistente. Recordó lo que le costó emocionalmente a Milei desprenderse de Manuel Adorni, a pesar del daño que le produjo a la imagen del Gobierno el trimestre de revelaciones sobre su patrimonio no declarado.
La trampa electoral
La salida de Adorni fue una bisagra. Funcionó como la señal de que Milei había aceptado al fin rendirse a una gestión política profesional para ganar con los manuales tradicionales aquello que en 2023 obtuvo a golpe de instinto y errores ajenos.
Diego Santilli asumió como jefe de Gabinete con la prioridad de negociar con los gobernadores afines un pacto de conveniencia mutua. Podría titularse “sigamos todos”. Es una construcción aún declarativa, a la que le falta desarrollar el costo económico. Hay voluntad de un buen número de provincias de no enfrentar en las urnas a los libertarios, pero la urgencia de fondos en medio del ajuste condiciona la evolución de las conversaciones.
El cambio de las reglas electorales se asume como un eje central de ese gran acuerdo, aunque todavía nadie sabe muy bien cuánto piensa invertir el Gobierno en esa empresa.
La reforma que incluía la eliminación de las PASO fue ideada en noviembre, después del triunfo de La Libertad Avanza (LLA) en las legislativas nacionales. En ese momento bullía la fantasía del fin del peronismo –derrotado una vez más– y parecía impensado que pudieran surgir desafíos a Milei desde el centroderecha. La lógica consistía en darle la lapicera a Karina Milei para que hiciera y deshiciera las listas de un nuevo oficialismo, mientras se les quitaba a los rivales una herramienta institucional para saldar sus diferencias.
Siete meses después no está tan claro que a Milei le convenga esa jugada. Crece la duda de si no será pagar un costo (medido en asistencia financiera a los gobernadores que apoyen) a cambio de un beneficio incierto.
El peronismo nunca necesitó las primarias para ordenar su oferta. Aun en los peores momentos supo encontrar formas de disciplinamiento. En septiembre pasado, necesitó un apagón en media ciudad de La Plata para ganar el tiempo que requería terminar la lista de unidad entre el sector de Axel Kicillof y La Cámpora en Buenos Aires. Las PASO han servido mucho más a los sectores que se enfrentaron al peronismo, como ocurrió en 2015 en las elecciones que llevaron a Mauricio Macri a la Presidencia. ¿Y si ahora fuera Milei quien necesitara contener rebeldías, desde el PRO a la díscola por naturaleza Patricia Bullrich?
El remedio de las listas colectoras que desde antes de asumir viene conversando Santilli con los gobernadores también genera dudas en el propio gobierno. Se trata de un sistema que les permite a los aliados presentar listas propias de legisladores, atadas de alguna forma a una única boleta presidencial (que en el oficialismo sería la de Milei). La historia indica que los modelos de sumas de votos siempre fueron impulsados por el peronismo, experto en sacarles provecho a esas transgresiones institucionales.
“No me gusta, pero no encontramos un sistema mejor”, dijo Bullrich esta semana cuando le preguntaron por las colectoras. Sonó a confesión. ¿No era Milei el presidente que se atribuía el “avance histórico” que implicó la boleta única? ¿Cómo encaja ese alarde de transparencia con la vocación de “encontrar” un sistema que pueda ajustarse a las necesidades coyunturales del oficialismo?
El miedo a la unidad peronista
La ansiedad por los cambios en el código electoral refleja una inquietud instalada en el corazón del Gobierno. Todas las encuestas que llegan a la Casa Rosada muestran a Milei con niveles de aprobación cercanos al 40% y un rechazo firme por encima del 50%. No hay rivales con una validación mucho mejor, pero cifras como esa ponen la reelección en el terreno de la incertidumbre.
Si hubiera un candidato de unidad del peronismo, capaz de captar el descontento con el programa de Milei, la Argentina podría encaminarse al cara o ceca que están viviendo casi todos los países de la región. Elecciones polarizadas que se definen en balotaje por uno o dos puntos de diferencia (en las que ganan a menudo los que desafían a quien está en el poder).

Lo que necesita el Gobierno es blindar un 40% propio y garantizarse la dispersión opositora, suficiente para ser reelegido sin segunda vuelta (si supera al segundo por 10 puntos). La estabilidad cambiaria que haría viable ese escenario es muy sensible a la probabilidad de que una opción estatista y heterodoxa regrese al poder.
La guerra abierta que Cristina y Máximo Kirchner le plantean a Kicillof facilita por el momento los planes del mileísmo.
Es una disputa de liderazgo que por ahora no incluye una discusión programática. Los Kirchner han convertido a Kicillof en el traidor más extraño del mundo: lo acusan de pensar igual. Son los mismos que eligieron para competir en su nombre a figuras que parecían ajenas a ellos, desde Daniel Scioli a Alberto Fernández, pasando por Martín Insaurralde y Sergio Massa.
El jefe de La Cámpora se coloca en un extremo antes de negociar. Sus banderas son “Cristina libre” y la renegociación de la deuda privada.

Kicillof hace silencio sobre los dos puntos. Entiende que la ofensiva en su contra es porque no se deja ser elegido por Cristina.
Las encuestas lo ubican como el opositor mejor posicionado para enfrentar a Milei, pero con una paradoja: Cristina tiene números muy similares, a pesar de que está presa e inhabilitada de por vida para ejercer cargos públicos. ¿Máximo propone postularla para tensar al sistema o para forzar a Kicillof a negociar?
El gobernador de Buenos Aires esquiva la trampa. Construye su camino con la única premisa de combatir a Milei. Se niega a escuchar a los que le piden dar señales de racionalidad económica. Suele decir que no tiene que sobreactuar, que gobernó sin déficit la mayor parte de su mandato provincial y que tiene acordados los pagos de deuda con los bonistas.
La interna pierde densidad en esa batalla de familia. A diferencia de otras épocas, este peronismo no pelea por incorporar nuevos votantes sino por repartirse los escombros de una estructura que estalló. Hay gobernadores que se acercan a Milei y dirigentes sin tierra que ansían una renovación, pero les falta quien la lidere fuera de algún outsider de laboratorio.
Es una ventaja competitiva para Milei. Las alternativas de sus rivales no incorporan a su prédica los signos de época, como el orden fiscal y el valor de la estabilidad. Nadie le da, en su diálogo con la sociedad, un sentido al esfuerzo social que significó el ajuste libertario. Tampoco ofrecen una figura avasallante, audaz, que reclame la confianza para probar algo nuevo en lugar de un viaje nostálgico.
Esa foto no está tallada en piedra. Milei dice que compite solo contra sí mismo, pero gobierna condicionado por dos variables que no controla: una oposición que un día podría dejar de pelearse y una economía que todavía no derrama prosperidad. Para ganar precisa de toda la ayuda que pueda darle la política tradicional que tanto despreciaba. Todo sea por cumplir su sueño de ponerle un punto final a la Argentina peronista.


