(Columna de Ernesto Tenembaun de este domingo en Infobae)
Diciembre de 2023 fue un mes eléctrico para la Argentina. En esos días, Javier Milei asumía la Presidencia de la Nación, en un acto inédito en el que le dio la espalda al Congreso, imponía una mega devaluación y “el ajuste más importante de la historia humana”, y una derecha desprejuiciada, agresiva y con un liderazgo novedoso se acomodaba a sus anchas en el centro de la escena.
En ese contexto, el Indio Solari concedió una de sus entrevistas más políticas. La puesta en escena le agregaba algo más de drama al evento. Tanto Solari como su interlocutor -Julio Leiva, uno de los periodistas y productores más talentosos del país-aparecían a contraluz, seguramente porque el artista no quería exponer el deterioro que le había producido su dura enfermedad.
Ya en el comienzo de la nota, se produjo el siguiente diálogo:
–Yo sinceramente no creo que haya alguien con mayor capacidad que Cristina Kirchner para diseñar el modelo. Se equivoca cuando invita a los radicales porque siempre nos cagan.
-Pero, ¿siempre fuiste peronista?
–Yo soy un artista peronista. Los artistas peronistas somos los que damos lo que tenemos para dar, la gloria que tenemos para ofrecer y no mucho más que eso. Porque a mí me aburre la política. No me gusta, porque en los términos en los que está en este momento, de la manera en que se resuelven las cosas, es algo que me hace reír de miedo.
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En esa, y otras de sus entrevistas póstumas, Solari fue muy explícito. Su adhesión al peronismo y a su última versión, el kirchnerismo, no se agotaba en una identificación emotiva sino que derivaba de un conocimiento preciso de los debates que atravesaron al país en las últimas décadas. Las palabras que usaba constituían casi una herejía para el discurso hegemónico que se instaló en el país, al menos, desde el 2015.
-“Yo provengo de una familia peronista. Pero yo no he sido militante porque me considero un artista popular, y los artistas no deben ser militantes porque terminan haciendo de su obra panfletos. Y creo que hay otras formas de participar en la democracia, para lograr que la democracia sea fuerte, que tiene que ver con la cultura, que tiene que ver con la manera en que uno ve la revolución”.
-“La revolución es desde que te levantás hasta que te dormís. Todos los días hay que luchar por distintas causas, por los derechos humanos, por todas las causas que están plenas de virtudes. Yo lo que puedo proponer es otra manera de cumplir con la condición de ciudadano, de habitante de un país en democracia, que es a través de la literatura, que es a través del arte, a través de cualquier manifestación que nos acerque emotivamente para que uno tenga armas para luchar contra los enemigos de la justicia social, y todas esas formas de sojuzgamiento de los pueblos en general.
-“ Yo llamaría a los jóvenes a que estén atentos, a que se instruyan, que aprendan a ver cómo son los fenómenos, que no se dejen llevar por el poder de los medios hegemónicos, porque eso es verdad: hay un grupo de gente que está en el poder en un lugar que puede ponerle palos en la rueda a cualquiera. Cada cual tiene que hacer lo que siente pero desde un lugar de honestidad y virtud”.
-“Esperemos que nuestra juventud haga las cosas bien. Ellos tienen más noticias del futuro en sus nervios que lo que pueda tener un tipo de mi edad para aconsejarlos. Así que, bueno, que tengan buena suerte en sus elecciones de vida. Y cada uno desde el lugar que crea debe fortalecer las causas que piensan en los que no tienen nada, pasan hambre, esas criaturas que pasan hambre. Todas las cosas a las que debemos ser sensibles”.
En las mismas notas, hay referencias y reflexiones muy ácidas sobre Javier Milei, a quien llama “el enano de la motosierra”, y advertencias sobre la experiencia política libertaria –“Es el plan de siempre. Yo ya viví tres veces esto”. Desde el escenario, además, Solari respaldó muchas veces a las Abuelas de Plaza de Mayo e, incluso, realizó una reivindicación del programa 678. Más claro, realmente, imposible, Alguna gente señala que se hizo kirchnerista recién cuando llegó el kirchnerismo. Es cierto pero, también, bastante lógico: ¿Cómo podría haberlo sido antes?
La manifestación de sensibilidad popular que se está produciendo en estos días en la Argentina trasciende las opiniones del músico sobre la política. Sería una tontería sostener que quienes lloran al Indio Solari piensan en todo como él. Las relaciones entre los artistas y sus seguidores suelen ser más complejas. Pero, al mismo tiempo, era un personaje tan político, que tampoco se debería omitir que los millones que lo despiden, desde las calles y desde sus casas, no se han sentido agredidos por esas ideas, que no debilitaron la conexión emocional con él. Y muchos se han sentido muy identificados con ellas.
O sea, he aquí un artista peronista, kirchnerista, al que siguen millones. ¿Qué querrá decir esto? Es sencillo refugiarse en respuestas extremas. “Todo el que llora al Indio es kirchnerista”. “No tiene nada que ver. Lloran al artista sin que les importe su ideología”. Pero son acercamientos frágiles, que caen ante su propia enunciación.
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Para quienes somos ajenos a ambas familias –la ricotera y la kirchnerista- la irrupción de fenómenos como el de estos días, representa el desafío de entender algo que no nos incluye, si es que a alguien le interesa entender lo que pasa. Ese desafío es particularmente duro para aquellos cuya perspectiva está contaminada por un rechazo visceral al peronismo, al kirchnerismo, o a todo lo que se pueda vincular con la idea de la justicia social. Y más aún para los que creen que cualquiera que se defina como peronista o kirchnerista merece un inmediato desprecio. Quienes despiden al Indio Solari –desde Lionel Messi hasta cualquiera de esos chicos que lloraban en distintas plazas- no comparten esa mirada. Pero otros sí.
Las reacciones de Javier Milei y de Jorge Macri son una expresión de esas limitaciones. El Presidente de la Nación no fue capaz de emitir un tuit –justo él, que es tan prolífico en ese ámbito-, una mínima expresión de condolencia ante la muerte de un ídolo popular. Evidentemente, como no pensaba igual que él, no lo merecía. En cualquier otro caso, el Gobierno de la Ciudad hubiera proyectado la imagen del ídolo sobre el obelisco. Esta vez, no.
O sea: es discutible que todos sus seguidores compartieran la ideología del músico. Pero para los referentes más importantes de las fuerzas antagónicas al peronismo eso era lo central. Por eso no pudieron elogiar el músico: porque antes que eso ellos vieron a un peronista, a un “kuka”. No merecía ningún homenaje pero no porque no fuera trascendente sino porque sus ideas les resultaban intolerables. No tienen idea de lo que contribuyen estas reacciones a alimentar el mito que ellos mismos rechazan.
Las conductas del gobierno nacional y del gobierno porteño coinciden con el tono habitual con que se encaran estos temas en la mayoría de los medios de comunicación tradicionales. Bastaba recorrer las transmisiones para encontrar una y otra vez la incomodidad de muchos conductores ante la irrupción inevitable de expresiones kirchneristas en los móviles. Lo que producían, en general, eran reacciones destempladas e irónicas, en lugar de debates interesantes o, al menos, un registro sereno de los hechos. Primaba la indignación.
Era la repetición de un fenómeno muy cristalizado. Hay ámbitos donde nadie se atreve a considerar que el kirchnerismo sea algo más que un hecho maldito que debe ser silenciado o insultado. Por ejemplo, esta semana, Carlos Pagni difundió una encuesta donde Cristina Kirchner aparece como la dirigente con mejor imagen del país. En la inmensa mayoría de las encuestas, figura al menos empatada con Javier Milei. Se trata de un dato tan impresionante que merecería debates serios sobre por qué el 35 por ciento de la sociedad la sigue queriendo, después de decirle tantas veces chorra, corrupta, y esas cosas. Pero, como decía Juan Perón, al enemigo ni Justicia: ni homenajes, ni debates. Solo insultos e incomodidad.
La despedida del Indio Solari parece reflejar la vitalidad de una cultura que es antagónica a la uniformidad que pretende imponer el Gobierno desde la Fundación Faro. No es un fenómeno aislado ni nuevo ni mucho menos moribundo. Hacia atrás se extiende hacia Hugo del Carril, Arturo Jauretche o Leonardio Favio, entre tantos. Pero ya tiene también sus ramificaciones hacia adelante.
El anuncio de la lista de los 26 seleccionados para el Mundial fue acompañado por Tierra zanta, una hermosa canción de Trueno. “La vida, la muerte, la pluma y la bala/la soledad del rico, el sueño del pobre/ las verdades que el gobierno nos esconde/ el cuándo y el dónde/ ninguna dictadura va a poder borrar mi nombre”. En la última edición de los premios Gardel arrasó Milo J., un joven de diecinueve años, nieto de una desaparecida. Fue el artista más joven en participar del Tiny desk, uno de los más prestigiosos y populares lugares de difusión de la música internacional. En 2024 debió suspender un recital gratuito en la ESMA porque el Gobierno interpuso una medida cautelar en su contra. Las manifestaciones de estas horas concluyen una semana que ya vio a decenas de miles de mujeres marchar en todo el país por el “Ni una Menos”.
¿Todas estas expresiones prefiguran un fenómeno político que aún no es visible? ¿Son manifestaciones donde aparecen destellos de resistencia al discurso hegemónico pero que se agotan en eso y no serán capaces de articularse para objetivos más ambiciosos? ¿Es la Argentina que ya fue? ¿Es la Argentina que viene? ¿Es la que regresa? ¿Es la que nunca más regresará?
Quién sabe.
Por lo pronto, en un país normal, un artista popular de esta magnitud merece un homenaje, haya sido peronista, antiperonista, de izquierda, de derecha, o hincha del equipo que fuera, kirchnerista o macrista, se llame Carlos Solari o se llame Luis Brandoni.
Hay que ser muy pequeño, o muy fanático, para no entenderlo.
Ellos se lo pierden.








